Poemas

Poemas de Poma

Poemas de Poma

TU VOZ TRAE animales grises, acorralados, grises, rojos. De agua. Tu voz más tuya que voz y más mía, y voz por encima de la noche que se nos viene. Si las esferas se abren detrás del meridiano, si los atlas se quiebran justo por donde las islas. Si llueve una lluvia de tres besos. Delátame al suicida en las azoteas que se lanza. Se pierde. El silbo de las ballenas. Alcánzame el alma del muslo al cuello aplacado. Alcánzame de una vez. La manzana aguarda sobre mi cabeza. Tu voz aunque volcán. Y que caiga del árbol la fruta amarilla como esta noche que se nos viene. Y dijo Dios, y aparecimos de tierra, con la leche al hombro, con las jirafas y las cataratas asesinas, con el niño que se nos mea en los ojos desde una casa de cartones, con el dinosaurio azul de invierno, y aparecimos inmunes los dos, pero no. Tu voz de ciruela. Y dame todo, todo. La sombra del drago. El drago. Que no se apaguen las ciudades hasta que llueva una lluvia de un beso más largo y más, que ya no es beso. Tu voz de ciruela.
De pronto
la luz es un solo tiro que nos cruza.
El mundo se va en espiral por el desagüe
y no volvería si no fuera porque te quiero.



HABÍA UNA VEZ un muchacho que besó a Martina con la rodilla en tierra y besaba al ser la aurora tras los barcos vapores, no porque fuera la aurora sino porque una cosa contenía a la otra, de tal modo que siempre que amanecía, el muchacho besaba, y también a la inversa. Entonces la habitación, la almohada, se teñía con una tristeza tan profunda como un aljibe sin llave lleno de agua sangrosa, de intensas almohadas. Había una vez una casa de pájaros. El muchacho ponía las yemas en Martina, por el talle de senos desbordándose, buscando su delta: las yemas eran el beso y la aurora, y al revés. Besó, las ramas se fueron directas a la casa, la tormenta, el canal, la última de las estaciones, y todo esto fue una vez. Y dos veces. Y todas las veces que besara con la rodilla en tierra y sin la rodilla en tierra.



CAPÍTULO VEINTICINCO. DE cómo la muchacha cae a la pasión o de cómo la muchacha se alza con la pasión y convierte la noche en un abrazo grande y grande. No hay cañaverales por medio pero hay una brisa de cañas que se aman y se empujan. La ropa es azul clara y limpia, la boca es limpia boca de atarjea, el hombro de uno no es sino entre las hojas de álamo que el otro lleva en sus labios. No hay palabras. Hay amenaza de cortas tempestades en julio y el pararrayos afila la penúltima luna turca. Hay una palabra, una sola. Capítulo veintiséis. ¾No me dejes. Y no lo imploro, que es una orden, porque me quiero y ya sólo importa tu camisa abierta y el rompiente que nace al abrirse. El cielo se quedó de pronto preso en un espejo, y en el cielo hay un rostro repitiéndose desde allí hasta el supremo diástole de la caricia y del suave arañazo irremisible.