Fragmento

"Ah, Fígaro", de El perro y los demás

Fragmento
"Ah, Fígaro"

Del libro El perro y los demás

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Considerando que lo que quizá en el fondo Martín pretendía al reclamarlo con tanta tozudez no era sino el estricto cumplimiento de las ordenanzas municipales, por fin Jose se acercó no demasiado, temerosamente, comprometido con las normas de cortesía más elementales, para demostrar que tomaba conciencia de que el trabajo se hacía con absoluto rigor. Pero al llegar al pie de la carretilla, muy al contrario de lo que podía esperarse en un trance como aquel, no sintió escalofríos ni náuseas ni quebranto.
     Martín retiraba las piezas de una en una y las iba depositando en el interior de la caja color tabaco con la prolijidad de un sacristán en misa. Primero las pequeñas, dejándolas caer con un cloc seco al fondo como en un desfile de peones de ajedrez; luego las medianas, algo más alargadas y hasta alabeadas, si no sinuosas, y después las mayores, de grosor variable. En el mimo con que las limpiaba, valiéndose de las yemas de sus dedos, despuntaba de lejos la ritual reverencia a un bien común y sagrado.
     Sin escapatoria bajo la lluvia, Jose no se hundió en mudos lamentos. Tan sólo se dejó invadir por la perplejidad: parecía mentira que la suma de aquellos oscuros, casi irreconocibles y en general livianos huesos algún día hubiera soportado el volumen de un hombre corpulento aficionado a la buena mesa. Contrajo los párpados como el que escudriña cómo se cose a sangre fría una herida y pensó que Martín sobreactuaba al arrullar cada uno de sus tejemanejes con el punto de ternura de un murmullo lenitivo, semejante al que se les dedica a los niños sumidos en fiebre. Cada hueso era un niño dormido o un vidrio intacto, y los iba desgranando entre frases cortas, reiteradas con melifluo acento, que agobiaban y al mismo tiempo reconfortaban a Jose:
     Este aquí, ¿eh?, y este por acá. Sí señor. Y este aquí. Así. Perfecto, en su sitio, ¿verdad? Así. Claro que sí. Y ahora al lado. ¿Ve usted? Quietitos. Ahí. Este también. Y ahora por encima. Eso es. Eso es.
     Conmovido por el bisbiseo de Martín, a Jose no le importó cerrar los ojos un instante para reencontrarse con la imagen del padre corroído por la enfermedad. El padre en cama, con barba de dos o tres días, pidiendo a todas horas que por favor le trajesen el televisor al dormitorio, que quería ver las noticias. El padre afónico en la última boqueada. El cabello reseco y revuelto. Los ojos hundidos, negrísimos. Ojos de animalillo que preguntan, sin energía ni perspicacia. Aquella ruina de hombre ya no tenía nada que ver con lo que su padre había sido ni con lo que aún representaba dentro y fuera de casa.

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