Fragmento

"El león de Mr. Sabas", de "El león de Mr. Sabas"

Fragmento de
“El león de Mr. Sabas”

Del libro "El león de Mr. Sabas"

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Quienes lo trataron en la intimidad reconocen que el domador Mr. Sabas jamás tuvo reparo en mostrar cariño fraterno por Bubú, su viejo león, compañero de tournee durante muchos más años de los que indicaban los programas de mano. En recurrente agudeza de sobremesa afirmaba que gracias al leal Bubú sabía lo que era volver a nacer: “Cada vez que mi cabeza encaja justita entre sus colmillos, allí solo y mondo en la pista bajo la mirada del respetable, presiento que se me perdona la vida con inusual clemencia.” Es más: sobre la lealtad del bicho no le faltaban peripecias que referir, como por ejemplo cierto lance acaecido momentos antes del debut en Puerto del Rosario, cuando un chimpancé miope, arrebatado por algún conato de cólico, de buenas a primeras se abalanzó sobre Mr. Sabas con el avieso propósito de arrancarle la nariz de un mordisco, ante lo que el solícito león vino en su ayuda enseñando los colmillos tras el labio levantado como si tirasen de él con un anzuelo.
      Claro que nunca se le hubiera ocurrido contar en público las mil y una gracias cordiales que Bubú le dedicaba mediante lametazos en la mano o gruñidos de saludo infantil sólo cuando se veían a solas, tan educado lo tenla. Todas las mañanas desenjaulaba indulgentemente a la fiera para que desayunase a sus anchas. Así, el propio hermano del domador con el tiempo admitiría en privado algo que muy pocos empresarios de feria se hubieran atrevido a revelar: al cabo de una larga carrera artística y acaso por un rutinario nomadismo de valija, el rey de la selva había adoptado poco a poco cierta displicencia de perro consentido. Dada su longevidad, Bubú alcanzó tal grado de sensata y distante mansedumbre que ni el mismísimo Mr. Sabas pudo negarse a la evidencia de que a cambio sólo cabía brindarle esa clase de trato deferente que se les dispensa a las majestades y a los correligionarios.
      —Bubú, sálgase aquí —decía en el instante de mutua y matutina devoción, con un balde rebosante de carne, para que el animal enclenque, puro bostezo, cruzara sin prisas una rampilla franca.
      Acabado el desayuno, Mr. Sabas le cepillaba la melena.
      —Un león sin melena esponjada es un león sin linaje —murmuraba al oído de Bubú en ritual confidencia, ajeno al hedor de la mole tibia y sudorosa.
      Luego llegaban los ociosos del lugar paseando su asombro por entre los carromatos próximos a la carpa, ante lo cual se hacía más que nunca necesaria la cadena al cuello que todo ser indómito debe arrastrar por los cuatro puntos cardinales. En rigor nadie echaba en falta ninguna novelería de la farándula en el empaque doméstico del felino: que se sepa, al menos en este puerto Mr. Sabas siempre había disfrutado de la admiración de chicos y grandes.

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