Fragmentos

de Relación de Seres imprescindibles

Fragmentos

Del libro Relación de Seres imprescindibles

EL OSO

EL OSO

Quede bien claro que primero fue el oso de peluche y que luego vino el oso grande y desgarbado, cuanto más velludo más hermoso. Ese es el orden evolutivo. Al menos así lo atestiguan los más viejos del lugar. Por lo visto, cuando las niñas buenas conocieron la perfidia mirando por el ojo de una cerradura, los ositos de peluche empezaron a crecer de manera preocupante y a despreciar las buenas costumbres: ya no se cortaban las uñas ni se lavaban los dientes, ni dormían sobre la almohada ni daban las buenas noches... Así se fue conformando una casta silvestre que, como era de esperar, acabaría emancipándose en busca de otra clase de vida lejos del mundanal ruïdo, entre grutas y arroyos. No cuesta, por tanto, explicarse por qué los osos salvajes aciertan a mover su enorme esqueleto sobre dos patas a pesar de aferrarse a la tierra con la consistencia del olmo centenario: siguen rellenos de ingrávida y grosera estopa.

LA LUNA

LA LUNA

Fue un anacoreta luso, iluminado o no frente al firmamento, quien por primera vez entonó en varias ocasiones, junto a la desembocadura del Duero dulce, la letanía de los lunarios (algunos lo llaman, quizá no muy impropiamente, “de los lunáticos”). En clave de antífona ese antiguo y sabio rezado viene a recordar de qué modo la luna se derrite toda, toda merengada cada vez que le distingues desde tan lejos los pezones erectos y los lunares grandes, de dálmata en reposo. Si no la miras con codicia ―añade― se ofende y acaba por llorar de puro fastidio, precisamente ella que es el ojo bizco del zodiaco, una sola pupila devolviéndote la mirada entre las bestias celestiales que Tolomeo de Alejandría trazara con tiza en la noche de los tiempos. Tienes que decirle ah, luna, preciosa, qué no daría por rozarte las carnes. Tienes que tirarle besos volados. Tienes que serle fiel en la salud y en la enfermedad. Si no, el mundo puede acabarse de un momento a otro. Está escrito en los libros sagrados. Y así queda advertido en el cuaderno de Copérnico. Amén.
Por miedo a que lo considerasen heresiarca, a principios del quinientos un sacerdote de Mantua cantó la palinodia desde su balcón después de que algunos feligreses lo sorprendieran días atrás repitiendo a solas la letanía de los lunarios desde lo alto de una montaña próxima. Por suerte tal escándalo atrajo la atención de los más insignes astrónomos de la época hacia aquel rezo. Y lo cierto es que desde entonces nadie ha podido negarle la autoridad científica ni la osada galanura literaria.

EL GALLO DE PELEA

EL GALLO DE PELEA

Soberbio quíquere en pleno embate, alas desplegadas, canto de guerra, espuelas a diestro y siniestro, pecho fuera, vamos, apuesto cinco mil por ese pinto girón, a la una, a las dos y a las tres, ahí van, compadre. Pero qué gracia de presidiario. Qué mirada vacía y violenta, y qué fuerza, restallando golpes como de abanico que se abre, cric, abanico que se cierra, piedras de barranquito abajo, al fondo de no sé qué dolor de garganta.

BEETHOVEN

BEETHOVEN

Cuando Beethoven compuso el “Himno de la alegría”, compuso sin querer la cantinela de “Greensleaves”, el adagio del “Concierto de Aranjuez”, “Oll you need is love”, la ranchera de Adelita, “Lágrimas negras”, la canción de Pepito Grillo, el redoble de un tambor de juguete, el trino en los parques, el poso sonoro del amor y la gripe.