Fragmento

"El albornoz", de La Habana y otros cuentos

Fragmento de “El albornoz”

Del libro La Habana y otros cuentos

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      Pero Charo, a poco de casarse, empezó con la matraquilla: Ay, papá, no pensarás que vamos a seguir así en este plan por los siglos de los siglos, pendientes de si llueve o no, que si las papas salen buenas o malas, que si la vaca se enferma, que si el abono, que si el pulgón y la bichoca. Y es que, oiga, la vida del campo es muy jodida. Eso sí que no lo sabe usted. Qué va a saber. Usted nunca se ha levantado a las cinco y pico una mañana tras otra, mes tras mes, cogiendo hierba para las cabras con el pelete de la amanecida en el monte. Eso jumea. En fin, Charito sabía por dónde ablandarme y de vez en cuando decía adredemente, la muy pilla: Ay, papá, papá, mira que con tantas humedades no te vas a curar nunca la artrosis. Nada más oírla, yo tocaba madera y movía los dedos abriendo y cerrando la mano, como en el ordeño, pero de mi boca no salía ni un sí ni un no: Deja ver, Chari, deja ver.
      Así pasaron un par de años, papá esto, papá lo otro, hasta que vino aquel negociante de La Laguna con las gafas de sol apoyadas sobre la frente. Un jovencito relamido. Se baja de aquel coche de carreras como el de los detectives de la tele y empieza a decirnos que conoce a un alemán dispuesto a com­prarme el terreno y la casa, y que el alemán ofrece un montón de pesetas, óigase, un potosí, y que no sea tonto, que estas oportunidades sólo se presentan una vez, caballero. La mala pata quiso que aquel día y a aquella hora mi hija estuviese por allí porque casualmente le había cambiado el turno a una compañera del hospital. El muchacho de las gafas de sol se dirigía a mí pero la miraba a ella, a ver cómo reaccionaba. El muchacho sabía lo que se traía entre manos. De ahí en adelante Charito empezó a pelearme a todas horas con voz de niña, incluso delante del buenazo de Jose: Pero, papá, por Dios, para una vez que podemos mudarnos a Santa Cruz, ni más ni menos que a Santa Cruz, imagínate que el día menos pensado me quedo embarazada, piensa en eso un momento, ¿eh?, no es lo mismo, papá, no es lo mismo criar un niño en Santa Cruz que aquí. Desde luego que no, le dije. Cuando Charo se sulfura con voz de niña, olvídese, no hay quien le discuta nada. Hasta tuve que reconocerle que seguro que su ma­dre le daba la razón desde el cielo bendito.
      Y eso. Pues que vendimos la casa y la finca y el lagar de tea y las acciones de agua. Y nos fuimos a Santa Cruz.
      Pero los pisos abajo, cerca de la avenida marítima, son demasiado caros. No nos alcanzaba ni con la millonada del alemán. Y los pisos en la zona de las Ramblas no se le quedan atrás, ¿no? Y entonces tuvimos que subir, y subir, y venga para arriba, y para arriba, en busca de algo más asequible, hasta lle­gar a un tramo a mitad de La Cuesta, quizá más cerca de La Laguna que de Santa Cruz, donde conseguimos de chiripa un piso con salón y dos dormitorios en un cacho edificio de diez plantas. El nuestro es el sexto derecha. Da para la carretera y estamos rodeados de vecinos gritones. Parece mentira, cómo puede vivir tanta gente apiñada en un bloque de esos. Además, oiga bien, gente que apenas se conoce ni se saluda, ni siquiera en el ascensor. Cosas de locos. No hay más que ver las burradas que pintan los niños en las paredes del zaguán, como si no tuviesen padres. Como si todo importara un rábano. De entrada uno no espera nada bueno en medio de aquel panorama. Para colmo, cuando nos mudamos la comunidad de vecinos no me dejó ha­cer un corralito en la azotea. Yo sólo quería criar dos cabras. Por Dios. A quién iban a molestar dos cabras quietas en un rincón.

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