Fragmento

"Abuelo Anelio y papá", de Historia ilustrada del mundo

Fragmento de
"Abuelo Anelio y papá"

Del libro Historia ilustrada del mundo

Abuelo Anelio y papá

"Abuelo Anelio y papá"

CORTADOS por el mismo patrón, durante algún tiempo a primera vista parecían hermanos. Pero no. El carácter los distinguía, y de qué modo. No es que pusiera a cada uno en su sitio. El padre era como un chiquillo y el hijo como un señor que mide cada paso sabiendo lo que se debe hacer y lo que no en cada momento. Abuelo Anelio pertenecía a la estirpe de los loquinarios que gustan de liarse la manta a la cabeza y, adelante y de frente, apuran el paso hacia lo desconocido, salga el sol por Antequera. De haber sido coetáneo de Cristóbal Colón, a buen seguro que se habría enrolado en una de las tres carabelas. Papá sólo heredó de él la lágrima fácil, la diabetes tardía, la hechura de los huesos, sobre todo el boceto del cráneo augusto, y el nombre, que no es poco; pero lo demás le vino por rama materna: temperancia que desembocaba en elegancia natural, discreción que desembocaba en sentido de la responsabilidad: además de conocer el percal de lo que se traía entre manos, papá administraba bien los silencios al hablar, lo que le bastó para sobrevivir como precoz cabeza de familia, con apenas catorce o quince años, en el desquiciado período de guerra, cuando de repente y por narices hubo de trabajar como contable en una empresa platanera de San Andrés y como cartelista del cine de Los Sauces para paliar en la medida de lo posible la ausencia de su padre, preso durante casi un lustro en las cárceles del bando nacional. Porque en efecto abuelo Anelio, aunque nunca hizo daño a nadie, eso quién lo duda, pagó como un delito la conciencia de paria de la tierra. Es cosa probada que una noche cuatro vecinos se lo llevaron de casa a punta de pistola y en un alpendre le dieron tal paliza que por poco lo mandan directamente al cementerio. El primogénito, un niño aún, fue obligado a presenciar la escena. Al parecer tenía que ver con sus propios y despavoridos ojos qué clase de trato merecía un ateo sin alcurnia. Después de mostrarle cómo se las gastaban, los miembros de aquella patrulla de Acción Ciudadana advirtieron al chico que no le convenía seguir los pasos de su padre, y de madrugada, como despedida a la luz de la luna, le provocaron una hemorragia intestinal con dos terribles patadas en las posaderas. Desde entonces abuelo Anelio desapareció del pueblo y de su gente, como si se lo hubiesen comido crudo. […]