Entrevistas

Eduardo García Rojas (Diario de Avisos, 25 de marzo de 2018, pp. 76-78).

— ¿Cómo se le ocurrió escribir Historia ilustrada del mundo?, ¿qué motivaciones tuvo para publicar este repaso sentimental de su historia familiar?

— De jovencito intenté llevar adelante un proyecto de fotógrafo aficionado: con una Praktica de 35 mm. fui retratando a algunos personajes de mi familia, todos ellos vecinos en la zona de San Telmo, entre la calle que lleva ese mismo nombre y la carretera de Timibúcar, situada en lo alto de Santa Cruz de La Palma. Ingenuamente pretendía atrapar de buenas a primeras el espíritu de aquellas personalidades tan acusadas, tan sugerentes. Con el tiempo esas fotos, junto a otras de los viejos álbumes de casa, se convirtieron en testimonio conmovedor de algo que se estaba deshilachando poco a poco: a posteriori, cuando empezaba a peinar canas, tomé conciencia de que esas personas habían mantenido una idiosincrasia especial, habían encarnado una filosofía de vida basada en la comprensión de las debilidades humanas, una visión del mundo pasada por el tamiz de la ironía, una actitud calmosa -que no pasiva, ni contemplativa- ante los avatares de la existencia. Era inevitable que de ahí surgiera la idea de crear una serie de textos narrativos. Había infinidad de historias jugosas que explorar, tanto en la rama materna como en la paterna, pero por suerte tardé en decidirme a escribirlas. Digo “por suerte” porque algo así sólo puede darse cuando te acercas a los umbrales de la madurez.

— ¿Qué textos le resultaron más difíciles de escribir?

— La larga dedicatoria a mi madre costó lo suyo, más que nada por su enorme carga de emotividad. Por otro lado, el texto que protagoniza mi primo Denis, que por cierto empecé a escribir al día siguiente de su muerte, me hizo llorar, literalmente. Mientras tecleaba una frase tras otra, veía borrosa la pantalla del ordenador a causa de las lágrimas. Hasta ese momento, nunca antes había sufrido el dolor que se siente cuando se escribe con las tripas. En cuanto a las dificultades técnicas de escritura, debo reconocer que todos los textos mantienen un mismo nivel de exigencia. Desde el principio supe que había que prescindir del punto y aparte: cada texto tenía que fluir imparable. Tenía que leerse de un tirón. Para alcanzar la fuerza justa de ese tirón, había que buscar un equilibrio compositivo calibrando cada frase y conectando con cuidado todas las bazas narrativas. Me impuse unas cuantas premisas: no entregarme al pintoresquismo, no caer en lo empalagoso, moverme entre la exactitud y la indeterminación, tirar de los hilos invisibles de la intrahistoria –más que de los visibles de la Historia-, buscar elementos legendarios en situaciones cotidianas, trabajar la prosa con rigor de poeta… En fin, a pesar de la relativa brevedad del libro, el plan era complejo y ambicioso.

— ¿Hasta qué punto tiene de memoria y también de ficción este libro?

— En rigor podría afirmarse que aquí no hay ficción. Lo que sí hay es una voluntad seria, responsable, de aderezar la realidad con todas las armas posibles de que dispone un narrador. De hecho, cada vez que escarbas entre los recuerdos estás creando algo diferente, digamos una nueva realidad, paralela a la que perciben nuestros sentidos. El ejercicio de la memoria implica un proceso mental similar al de la inventiva. De cualquier modo, la ficción –lo que suele entenderse por ficción cuando pensamos en un texto narrativo- en este caso concreto no era necesaria, pues los hechos evocados se bastaban por sí solos, por su vigor y también por su singularidad, como materia literaria de primer orden. Lo determinante es que aquí aflora la verdad. Como bien decía Doctorow, mientras las obras historiográficas cuentan hechos, las narraciones literarias cuentan la verdad.

— ¿Hay algún episodio familiar que fuese determinante para animarlo a escribir este libro?

— Ninguno en particular. Hay un cúmulo de episodios, algunos fascinantes. Todos ellos forman una larga saga que pervive en la memoria compartida de muchas personas. Es como un gran fresco pintado durante décadas. Lo puedes ver de lejos, nunca en su totalidad, o de cerca, fijándote en los pequeños detalles. Cada una de estas historias tiene su fuerza en tanto que forma parte de un conjunto.

— ¿Hasta qué punto cree que influye el paisaje de La Palma en el carácter de los protagonistas de la obra?

— El paisaje, por su exuberancia, imprime carácter no ya en los personajes de la obra, sino en todos los habitantes de La Palma -los del presente, los del pasado y los del futuro-. Me quedo con ese término, “exuberancia”, que el Diccionario de la Real Academia define como ‘abundancia suma, plenitud extraordinaria’. En La Palma la relación espacio-tiempo cuaja en el carácter de la gente. Yo lo llamo “palmerismo”. No se sabe por qué, pero los espacios naturales de esta isla escarpada, nubosa, de un verde azulino, condicionan la percepción del paso del tiempo, que se vuelve lento e intenso.

— ¿No sintió pudor al escribir sobre sus recuerdos de la familia?

— En algunos casos sí, pero eso no debía suponer ningún reparo. Por encima de todo estaban las exigencias técnicas que se presuponen detrás de todo buen relato. Quiero decir que lo primero es el compromiso del trabajo bien hecho; después están, en un segundo plano, las sombras de las dudas y del pudor ante las posibles reacciones provocadas por su lectura. Aun así, admito que en un principio me preocupaba el modo en que mis parientes iban a recibir el libro (es que en él se describe a los personajes tal como eran, con sus claroscuros, y eso entraña cierto riesgo, desde luego).

— Uno de los aspectos más interesantes del libro es cómo con sensaciones recupera un pasado que en el fondo nos pertenece a casi todos. Me refiero a las sensaciones, al olor del café, de los cigarros... más que a las palabras.

— Los recuerdos ajenos y los propios pueden compartir un espacio idealizado y un mismo tipo de chispazo en el tiempo. El olor del café casero, en efecto, se expande de un lado a otro, de la experiencia del narrador a la del lector. La memoria se nutre de lo que percibimos con todos los sentidos, empezando por el olfato y el gusto, un tesoro oculto que te transporta hasta el principio de los tiempos. Quien haya hecho algún cursillo de cata de vinos, o de quesos, sabe de qué estoy hablando. De repente un matiz sensorial indescriptible te ayuda a revivir fugazmente algo que creías perdido para siempre.

— ¿Y ahora qué?

— Ahora estoy como hace unos meses. Mejor dicho, estoy como hace unos años. Siempre tengo un manuscrito a medio hacer sobre la mesa y más de un libro completo, terminado e inédito, en la gaveta. Esto es una carrera de fondo, apasionante por sí misma más que por la meta. Vamos tirando sin prisa y sin pausa.

— No es usted un escritor que se prodigue mucho.

— Llevo doble vida, como profesor y como escritor, y resido en una ciudad pequeña. Lo mejor que puedo hacer es trabajar calladito, con pico y pala. Cuando acabo un libro, lo dejo cierto tiempo en maceración, lejos de la luz, hasta que llegue el momento oportuno de repasarlo en frío. No creo que convenga publicar a cada rato, así porque sí, donde sea y como sea. No le conviene al propio libro. Ni al autor. Ni siquiera al público potencial. Es verdad que, en este sentido, a veces me paso de la raya. Historia ilustrada del mundo llevaba años esperando su oportunidad de remontar vuelo.

— ¿Cómo aborda la literatura?, ¿qué le interesa de ella?

— Abordo la literatura con honestidad y recato, tomando precauciones frente a sus encantamientos. Es una pasión. Como tal, te pone a prueba continuamente. Te sacude con puntuales adversidades en el trabajo diario, a la larga te exprime y de tarde en tarde te concede alguna satisfacción, como para compensar tanto esfuerzo, o eso quieres creer. Como lector y como escritor, de la literatura me interesa todo, de pe a pa. Me fascina el tricotar de las letras, las palabras, las imágenes, las ideas, todo ello en una labor sorda que acaba generando más y más preguntas sobre los misterios de la existencia en un círculo vicioso pero no dañino.

— ¿Cómo fueron las negociaciones con Pre-Textos para la publicación de Historia ilustrada del mundo?

— Es una historia curiosa. En 2015 fui invitado a la feria del libro de Chacao, en Caracas. Allí conocí a varios escritores venezolanos, como Antonio López Ortega, de ascendencia canaria, quien me preguntó por qué hacía tanto tiempo que no publicaba nada. Le respondí que tenía varios libros inéditos y que era muy complicado, desde La Palma, buscar un buen editor. Antonio me dijo que quería leer alguno de esos inéditos, así que le pasé dos, uno de los cuales era Historia ilustrada del mundo. Le gustaron tanto que recomendó su publicación a la editorial Pre-Textos, para la que actuaba como “ojeador” en Latinoamérica. Es decir, me recomendó como si fuese un autor latinoamericano. Es más: Antonio, generoso a más no poder, habló con Manuel Borrás, alma de Pre-Textos, y le pidió que me leyera. A Manuel también le gustaron los dos libros y finalmente se decantó por este. Fue una carambola, vaya. Una carambola intercontinental. Es un honor que Antonio López Ortega y Manuel Borrás hayan creído en la obra de este escritor perdido en el quinto pino. Les estoy muy agradecido.

— ¿Sigue la literatura que se escribe en Canarias? ¿Qué opinión le merece?

— Claro que la sigo. Me inspira respeto y admiración. Hay muchísimo talento, y además en plena efervescencia. Es lógico que una tradición cultural como la nuestra propicie la confluencia de tantas y tan estupendas voces literarias, da igual a qué generación pertenezcan y en qué género estén bregando. Para no resbalar con olvidos indeseados (soy muy amigo de mucha gente de la república de las letras insulares), no pondré aquí ningún ejemplo concreto.

— ¿Y escritores canarios del pasado que de una u otra manera le invitaron a que escribiera?

— A bote pronto me vienen a la boca los nombres de Pérez Galdós y Alonso Quesada, así como el ejemplo arrollador de los poetas vanguardistas de preguerra. Qué tipos. De cualquier modo, no es bueno, ni justo, que nos ciñamos a unos pocos casos. Todos cuentan. De alguna u otra manera, todos te inspiran.

— ¿Cuáles cree que son las constantes literarias que le marcan como escritor?

— Quizá el interés por las contradicciones humanas. Quizá la alergia al maniqueísmo. Quizá la socarronería, que de vez en cuando reverbera entre líneas. Quizá el cuidado formal, aunque no se note. Releo mientras escribo y escribo mientras releo, pues me preocupa el tiento con el que hay que pasar de una frase a otra, y de un párrafo a otro. Trabajo muy despacio. Hay que encauzar el esmero literario hacia un efecto de naturalidad expresiva, pero eso lleva demasiado tiempo, demasiadas tentativas con sus correspondientes tachones.

— ¿Y qué espera de un libro?

— Que esté bien escrito y que no se caiga de las manos del lector.

— ¿Qué significa la familia para Anelio Rodríguez Concepción?, ¿no cree que es una institución que puede encontrarse en franco retroceso?

— Los vínculos familiares siempre prevalecen, aquí y en el otro lado del planeta, incluso bajo esa especie de anonadamiento que produce la omnipresencia de los grandes medios de comunicación y las redes sociales. Lo que ocurre es que últimamente la memoria colectiva, a medida que se satura de nombres e imágenes externos a las relaciones familiares de cada cual, acaba simplificándose más de la cuenta. Aunque en general las evidencias de ese retroceso están ahí, me cuesta aceptarlo, quizá por vivir en una isla “menor”, donde el contacto humano es esencial, e inevitable. A mis amigos urbanitas –por ejemplo los de Santa Cruz de Tenerife o Las Palmas- les divierte comprobar que, como palmero, procedo de otro tiempo diferente al suyo –un tiempo indefinido, no arcaico, sino mítico-, y que me muevo con otro ritmo vital, sin duda más parsimonioso. Al hablar y al mirar a nuestro interlocutor, los palmeros desprendemos, sin querer, el halo de algo genuino, un nosequé marcado por el afán narrativo en el uso de la oralidad. No podemos obviar ese nosequé. Tampoco queremos. Pues bien, esa particularidad la adquirimos desde la infancia, en familia, escuchando y contando historias de sobremesa. Espero que mis hijos la hayan heredado y que la mantengan a su manera. Tienen que seguir transmitiéndola como un don beneficioso.

— ¿Está trabajando alguna nueva obra?

— Un libro de relatos.