Entrevistas

Antonio Jiménez (Borrador, suplemento cultural de Diario de Avisos, 20 de septiembre de 2008, pp. 2-3).

Citado en su estudio y rodeados de libros, la vista se topa con números apilados de La fábrica, libretas, cartapacios, fotografías, postales, cartas, discos, cajas de puros, cuadros. Sobre la pintura es mi primera pregunta: “son cuadros pintados por mí, por mi padre, por mis amigos pintores y por mi tío Quico, el paisajista Francisco Concepción, que fue quien me enseñó a pintar al óleo”… Así comienza esta conversación con Anelio Rodríguez Concepción (S/C de La Palma, 1963), autor entre otros libros de La Habana y otros cuentos, El perro y los demás y El león de Mr. Sabas, a los que hay que sumar ahora La abuela de Caperucita, su primera novela. Contándote lo que te cuenta, y de qué manera, casi das una vuelta completa a la isla de La Palma sin salir de allí. Y si lo coges con el puro palmero encendido, apaga y vámonos.

— La pintura ha ido ganando sitio en tu vida, e incluso la has dado a conocer en alguna que otra exposición. ¿No te bastan las palabras para expresar lo que te propongas? ¿Se trata de otro Anelio al que hay que empezar a tomar en serio?

— La afición de la pintura empezó como un bálsamo, una táctica mental para contrarrestar el desgaste que produce la escritura. A las palabras les dedico buena parte de la tarde, con gran esfuerzo de concentración, y luego, por la noche, después de la cena, mientras fumo un puro, por supuesto un puro palmero, me relajo experimentando con ese otro lenguaje de la pintura, menos preciso, más sensual, más emocional. La pintura se desarrolla en otro plano del pensamiento, desde otra área del cerebro, y por tanto es una forma de expresión muy intuitiva que permite llegar a donde las palabras se agotan. De hecho, no te la puedo describir en voz alta, ni por escrito. Se debe a los sentidos de la vista y del tacto. De todos modos, la escritura y la pintura no son dos actividades complementarias. Están bien diferenciadas, y con las dos me siento realizado. La una no tiene por qué acondicionar a la otra. La escritura se ha convertido en un oficio ineludible con el que he ido madurando desde hace años y al que no pienso renunciar, mientras que la pintura es una dedicación gratificante que va a más a medida que me lleno de canas. Mis pinturas desde luego no son frívolos accidentes de un espíritu inquieto. No surgen porque sí. Vienen de una necesidad de expresión más allá de los recursos de la lengua y tienen un efecto vigorizante que ayuda a seguir buscando un sentido trascendente a lo que somos y a lo que nos rodea y nos hace ser lo que somos.

— Se suele decir que los géneros literarios se eligen según el tema de lo que se quiere contar. ¿Se corresponde esta idea común con tu experiencia literaria?

— Lo normal es que el tema exija el cauce de un determinado género, pero no siempre tiene que ser así. Muchas veces, en el origen de una obra está el deseo o la necesidad de expresarte con un tono, un aire, un estilo. Por ejemplo, con Relación de seres imprescindibles, que se inspira en una serie de dibujos infantiles de mi hijo, primero irrumpió un deseo de trasladar al lenguaje literario el desenfado y la rotundidad de esos dibujos. La temática se adaptó a ellos y a su atmósfera lúdica y de ahí surgió todo lo demás, incluso la condición genérica del libro, que por cierto nunca he tenido clara: ¿es una obra narrativa o poética? Por otra parte, se puede construir un relato corto y una novela a partir de la misma base temática. Todo depende del desarrollo que el autor quiera darle. A mí, particularmente, me atrae más el formato del relato corto, pero conozco a muchos narradores que ven proyectos de novela en cualquier mínima idea. Supongo que en este tipo de elección influye la actitud y la aptitud de cada cual.

— ¿Entonces tengo delante de mí a un “cuentista” antes que nada?

— Pues… mira, sí, y a mucha honra. La técnica del cuento requiere ciertas dosis de templanza y de escepticismo irónico, algo que, como bien sabes, forma parte de mi carácter. Además, desde muy niño me he acostumbrado a asimilarlo todo desde una perspectiva digamos cuentística. Quizá se deba a la influencia de la idiosincrasia palmera, tan deudora de la tradición del relato oral.

— ¿Y podría ser la tradición oral una de las asimilaciones fundamentales, el corazón de tu manera de contar?

— Pienso que sí, y no tiene nada de extraño si tomamos en cuenta que prácticamente me crié en la fábrica de tabacos de mi abuelo Pancho, un espacio abierto en el que los artesanos salpimentaban sus conversaciones con pausados relatos de hechos reales. Por si fuera poco, allí a cualquier hora recalaban vecinos que salían de sus casas o que venían de la calle trayendo algún cuento, alguna anécdota que mereciera la pena compartir. Eran historias verídicas, tanto episodios domésticos como sucesos de dominio público, pero estaban “contaminadas” de novelería socarrona e inofensiva. Aquello tenía que marcarme, por supuesto que sí. A los palmeros, en el día a día de las relaciones sociales, no sólo les interesan las buenas historias, que nunca faltan; sobre todo valoran la forma en que están contadas, la capacidad del narrador en captar la atención del oyente, sus recursos expresivos, incluidos los registros de voz, la mayor o menor velocidad del fraseo y los gestos de la cara. Quizá por el peso de aquel intenso y continuo “aprendizaje” infantil, y quizá también porque en el fondo considero que las técnicas realistas —las más antiguas y las más modernas— son inherentes a la condición humana, mis cuentos suelen desarrollarse de forma lineal, con un lenguaje claro, preciso y fluido para atrapar a toda costa la atención del lector. Pero, ojo, al mismo tiempo se caracterizan por los cambios de ritmo, las paradas en seco y las elipsis, que, bien mirado, equivaldrían a los elocuentes silencios de los cuentos orales. Lo más probable es que la elección de estos mecanismos narrativos tenga que ver con una visión particular del mundo: el mundo es acción, el mundo es acción pasada, acción presente y sueño de una acción futura que no existe. Y en todo lo que haya pasado o pase a nuestro alrededor se concentran las claves ocultas que convierten la vida en un misterio. Un misterio fascinante y puñetero. Y lo curioso es que queremos buscar esas claves aun sabiendo que estamos abocados al fracaso. Porque lo que nos atrae, más que la explicación de las propias claves, es el intento de buscarlas. Los mejores cuentos que recuerdo haber leído y escuchado no explican, no teorizan, no conceptualizan, sino exponen hechos detrás o debajo de los cuales vibra algo profundo y emocionante.

— ¿Cómo es, según tú, la socarronería del isleño?

— Apenas debe notarse. Cuanto menos se note, mejor. Como un soplo de aire que oxigena una atmósfera viciada. Los canarios la practicamos a menudo porque sabemos reírnos para dentro. No es fácil, pero ayuda mucho saber reírnos para dentro, sobre todo de nosotros mismos, de nuestras debilidades. Es la risa elevada al cubo, la burla discreta heredada de nuestros antepasados que han vivido en la pobreza durante muchas generaciones. El socarrón está de vuelta de todo, sabe que nadie tiene la solución para arreglar las meteduras de pata de la Humanidad con mayúscula y la humanidad con minúscula. El socarrón jamás se siente dueño de la verdad. Duda razonablemente y se ríe para dentro.

— Vives en la misma isla en que naciste, La Palma, lo que conocemos como isla menor, no capitalina. ¿Qué puede uno perder y qué ganar en ella?

— Un poco de todo. Para empezar, la cesta de la compra es más cara en una isla menor, lo que no parece justo, claro que no, aunque pueda verse como el precio que hay que pagar por llevar una vida tranquila, con menos estrés. La pequeñez del espacio hace que el tiempo cunda más, lo que no está mal, pero a la vez puede provocar estrechez de miras, un peligro ante el que no debes bajar la guardia. La gente aquí en general es conservadora, para lo bueno y para lo malo. Las fiestas populares, los ritos familiares y las costumbres sociales se mantienen a conciencia, y la memoria colectiva se manifiesta continuamente con el arte de la buena conversación, que es algo casi sagrado. La sombra del ombliguismo (una enfermedad muy, muy desarrollada en las islas, especialmente en las islas mayores, donde está el poder económico y político) te obliga a ponerte al día, a mantener un contacto permanente con el exterior. Menos mal que disponemos de teléfono, internet y antena parabólica. Hace años las islas mayores se empinaban muy lejos de las menores, del mismo modo que las grandes capitales peninsulares se empinaban muy lejos de las islas mayores. Cuando yo era estudiante de bachillerato, la prensa nacional llegaba a Santa Cruz de La Palma con dos o tres días de retraso, y ahora en cambio la puedes conseguir el mismo día desde por la mañana, si no accedes a las ediciones digitales. Durante siglos, y ahora más que nunca, hemos tenido que aprender, despacito, al estilo palmero, a conectarnos con el mundo, pero sin perder la esencia que nos caracteriza: somos calmosos pero perfeccionistas y constantes en el trabajo. Por extraño que parezca, este contexto le da alas a un escritor o a un artista, que a la larga se siente más independiente. Vivir en La Palma te proporciona una perspectiva amplia, desde el extrarradio del extrarradio, asumiendo tus enormes limitaciones. Curiosamente desde aquí se ven las cosas con absoluta claridad, y con retranca, porque te encuentras fuera de los círculos de poder. Aquí no hay parlamentos, ni universidades, ni capitanías generales, ni obispados, ni editoriales, ni galerías de arte, ni casas discográficas, ni periódicos de tirada regional, ni sedes de televisiones públicas, ni grandes sumas de capital extranjero, ni turismo de masas, ni equipos de fútbol de primera o segunda división, ni cortes ingleses, ni carnavales fastuosos. Así se puede distinguir mejor, desde fuera del guirigay, qué hay de verdad y qué hay de mentira en lo que se nos ofrece a diario como realidad. Si te sientes ligeramente desplazado en una especie de limbo en el que apenas se cuece nada, es lógico que acabes asimilando las cosas como lo que son, no como te las venden. Por ejemplo (y ya que estamos en un suplemento cultural), te das perfecta cuenta de que Almodóvar es un genio del marketing, no del cine. De modo que cuando te sientas a escribir, ya de antemano llevas el mundo por montera y apenas das importancia al concepto de prestigio, o a la legitimidad de una corriente estética, o a la opinión de quienes compiten por cortar el bacalao. Te limitas a hacer tu cometido con modestia y con ambición, de la mejor manera y con la mayor dignidad posible.

— ¿Como escritor de relatos sientes que te tienen en cuenta en el amplio espectro del cuento en España? ¿O te parece que las compilaciones de relatos poco se interesan por las singularidades?

— No sé qué responder, Antonio. No estoy pendiente de las compilaciones de relatos, te lo juro. No sigo ese tipo de propuestas editoriales. De cualquier modo, sí que estoy incluido en alguna que otra antología publicada en Madrid. Supongo que en verdad hay un interés sincero por las singularidades. Ahora bien, está claro que no hay un interés real por lo que se escribe en Canarias. Hace un par de años leí una reseña de un influyente crítico español que mostraba su sorpresa, grata, ante un libro de Arturo Maccanti. Se preguntaba que cómo era posible que nunca hubiera oído hablar de él, un poeta estupendo, con una larga trayectoria tan interesante, de tanta calidad. Eso tendríamos que preguntarnos nosotros desde aquí: ¿cómo es posible que no se conozca la poesía de Arturo Maccanti más allá de las Islas? ¿Qué pasa? A lo mejor es que no nos hacen caso en la Península…

— O a lo peor…

— A lo peor es que nosotros no sabemos proyectarnos en el exterior.

— Eso.

— Las dos circunstancias se combinan a la perfección. Una cosa lleva a la otra. Es la pescadilla, sabes. No nos proyectamos porque no nos hacen caso y no nos hacen caso porque no nos proyectamos. Es un lío de mil pares de narices que no me siento con fuerzas de desenredar. Sólo te diré que una filóloga italiana, Ilaria Tordino, que no me conocía ni me conoce personalmente, ha realizado su tesina de fin de carrera sobre mis relatos. ¡En Milán! ¡En Milán me han leído, Antonio! Pero en España eso resulta poco menos que impensable. ¿Por qué? ¿Quién lo sabe? ¿Tendríamos que irnos a vivir a Madrid para que allí se nos tenga en cuenta? Tampoco es eso. Allí hay escritores, cineastas, pintores, actores, etc., naturales de Canarias que se buscan la vida, intentan hacer su trabajo y en definitiva quieren encontrar su lugar, quieren crecer como artistas y como personas, a pesar de las enormes dificultades. Luchan con todas sus fuerzas, lo sé. Conozco varios casos. Allí están abriéndose camino. Me quito el sombrero. Son unos valientes. Algún día triunfarán como ellos desean, seguro, pero de momento la cosa está complicada. En cuanto a mí…, prefiero permanecer donde estoy, concentrado en el trabajo, sin prisa. En un lugar tan pequeño y limitado como éste, lo fundamental tiene que ser el camino, no la meta. De joven aspiraba a ganar todos los laureles habidos y por haber, y sin embargo ahora me conformo con trabajar tranquilito, a mi aire.

— Mantuviste de manera regular durante una década la publicación de la revista La Fábrica, una iniciativa curiosa. ¿En qué consistió “el truco” para conseguir tan larga vida?

— Es que se planteó como una posibilidad concreta, constante, de mostrar sin prejuicios todo cuanto se hace en nuestro entorno. Actuó libremente, como una revista abierta a diversas voces, a diversos lenguajes artísticos, géneros y estilos. Abierta como el tiempo y el mundo en que vivimos. Muchas revistas han funcionado al revés, o sea, como frentes beligerantes y como hojas parroquiales o boletines de testigos de Jehová, montados por sacristanes que se ufanan de transmitir la palabra sagrada, la verdad incuestionable, etc. La fábrica no promocionaba a sus hacedores, y eso puede que haya influido para caer bien entre todos sus colaboradores, que fueron muchísimos, de dentro y de fuera del Archipiélago. Además, era una publicación humilde y sobria, y no dependía de ninguna institución pública ni privada. Y se elaboraba fuera de Tenerife y fuera de Gran Canaria, ajena a capillas. Y, encima, los materiales ofrecidos eran buenos.

— Para terminar no te voy a pedir que me hables de tu familia, pero sí me interesa saber quién es una tal Doña Luisa que, seguro, nadie mejor que tú conoce…

— Doña Luisa es mucha doña Luisa. Es una señora jubilada que de la noche a la mañana o de la mañana a la noche y sin darse cuenta se convierte nada menos que en una actriz porno vieja (no en una vieja actriz porno). Su inaudita historia la cuenta ella misma en primera persona en La abuela de Caperucita, una novela que escribí por encargo hace muchos años y que, al desaparecer antes de lo previsto la colección editorial para la que estaba destinada, sensatamente metí en el fondo de una gaveta. Ahora se publica porque Elsa López y Esther, mi señora, se han compinchado prácticamente a mis espaldas, tanto es el cariño que sienten por doña Luisa. Con la mano en el pecho y muy a mi pesar reconozco que este personaje ha sido más fuerte que yo. No he podido imponerme a ella, en serio. Te juro que intenté por todos los medios amordazarla (amortajarla), pero su voz tiene un calor y una fuerza que desborda las reticencias de este autor desconcertado. Doña Luisa se ha convertido en lo que siempre quiso ser, una mujer de verdad, contradictoria y libre, que se sale del cascarón. Allá ella.